31 de enero de 2009

En un día como hoy, pero hace diez años, el detective privado Giorgio Bufalini llegaba a su despacho a las ocho de la mañana. Vivía cerca del molino Stucchi, en Venecia, hasta que el año pasado andaba con los bolsillos tan arrugados que tuvo que aceptar una indemnización de dos millones de liras para desalojar la casa que alquilaba desde hacía quince años. 
“Ahora–dice, recostado en un sillón que tiene el mismo color gris de la ciudad–vivo en Spinea, tengo que tomar el vapor y nunca llego antes de las diez”